Dime pues, Señor, por tu misericordia, quién eres tú para mí. Dile a mi alma:
"Yo soy tu salud" (Sal. 34, 3). Y dímelo en forma que te oiga; ábreme los oídos
del corazón, y dime: "Yo soy tu salud". Y corra yo detrás de esa voz, hasta
alcanzarte. No escondas de mí tu rostro, y muera yo, si es preciso, para no morir
y contemplarlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario